Recuperación de Productividad en Agricultura de Secano

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Se hace cada vez más frecuente ver terrenos de secano abandonados, incultos, con vegetación de temporada creciendo entre arbustos y espinales, que espigan y se secan sin ser aprovechados como forraje por ganado alguno, permaneciendo como material inflamable para partir y alimentar incendios forestales, o bien, suelos con una escasa y  raquítica vegetación, degradados por el sobre pastoreo  en afán de tratar de lograr ingresos de su mísera productividad. Los dos extremos, suelos abandonados y suelos degradados, tienen el mismo problema para sus propietarios; el no generar los ingresos que  esperarían de ellos.

Este panorama en el secano tiene su origen en dos vertientes, por  una parte el criterio de inversionistas que centran sus retornos en una agricultura de riego, donde el origen de la rentabilidad está puesto en el capital invertido y no en la tierra; contrapuesto a la otra situación donde el agricultor  ha degradado el suelo, empobreciéndose al extremo de no tener el mínimo capital para invertir en tecnología y medios de producción para mejorar su rentabilidad.

Los suelos de secano en general han sido históricamente mal manejados, y lo que se presenta en la actualidad son suelos erosionados que han perdidos los elementos de su fertilidad – arcillas, materia orgánica, microrganismos-  que a su vez presentan una infiltración y permeabilidad reducida, con lo que el agua no penetra en el suelo, escurriendo superficialmente,  volviendo a agravar el problema de la erosión.

Suelo pobres, sellados y compactados, pero que sin embargo podrían tener un rápido y considerable aumento en su productividad si se siguen unas determinadas prácticas de manejo. Prácticas que están más basadas en la forma en que se gestiona el predio, que en la necesidad de capital o del uso de complicadas tecnologías.

Secanos con precipitaciones con 200 ó 500 milímetros anuales, con lluvias concentradas en invierno y periodos de sequias de 4 a 6 meses, perfectamente pueden soportar una agricultura productiva y rentable sólo aplicando las prácticas de manejo adecuadas.

El concepto parte por no perder las aguas que recibe por las precipitaciones, y eso implica tener las condiciones de suelo para que el agua caída en el predio se infiltre en el predio, y que toda la superficie del total del predio actué como una esponja que retenga el agua, generando las condiciones para que penetre en profundidad y se almacene en grandes volúmenes.

Esta condición se logra en un inicio construyendo surcos a nivel que corten la escorrentía superficial y fuercen el ingreso del agua al suelo, complementada por un sistema de subsolado gradual que va permitiendo el avance en profundidad de las raíces, junto con toda una gama de microrganismos que en su función van cambiando las condiciones físicas y químicas del suelo, aportando materias orgánica, creando agregados y estructuras del suelo, liberando nutrientes, con lo que ayudar a formar un suelo poroso donde infiltra rápidamente el agua alcanzando mayores profundidades y permitiendo la existencia de aire en su interior, aumentado considerablemente la disponibilidad de nutrientes, llegando al extremo donde la fertilización externa ya no es una práctica necesaria.

Este método de mejorar la capacidad de infiltrar y retener agua en el suelo debe ir acompañado de otros manejos iguales de sencillos. Se debe cambiar la práctica de arar y rastrear por un manejo de siembra en cero labranza; y los terrenos deberían estar siempre cubiertos con un cultivo, usando rotaciones de especies y cultivos de coberteras entre los cultivos principales.

Cuando el suelo se mantiene como praderas es imprescindible realizar el aprovechamiento del forraje en un sistema de pastoreo rotativo intensivo, que utiliza una alta carga de animales por un periodo breve de tiempo y que luego los excluye hasta que la pradera se haya recuperado, es un sistema que implica mover día a día los animales a distintos potrerillos que se van formando con cercos eléctricos móviles.

Las técnicas mencionadas son todas de bajo costo, y lo que buscan son  permitir el desarrollo natural de plantas y microrganismos del suelo, ajustando el modo de operación del predio a la manera cómo funciona un ecosistema productivo y sustentable en la naturaleza. En estas prácticas, es la gestión lo importante, que debe ser aplicada en un nuevo enfoque, que varía del criterio con que se ha desarrollado la agricultura en los últimos 60 años, en la cual la planta, el cultivo, se ve como algo separado del suelo que hay que cuidar y proteger, agregándole todo lo que necesite.

El nuevo criterio busca el equilibrio, donde el mismo suelo -permitiendo la recuperación de toda su bilogía interior- es él que nutre y da las condiciones para que se desarrolle una planta sana. Un concepto que en su inmediata aplicación reduce los costos de maquinaria e  insumos que requiere el cultivo, reduce riesgos de producción y aumenta la rentabilidad del cultivo.

La rentabilidad de una actividad agrícola-ganadera llevada bajo este tipo de manejo es superior a un cultivo de riego de alta inversión, él que generalmente va acompañado de alto riesgo, por lo que es una alternativa cierta para inversionistas; como también los es para pequeños agricultores, donde el principal insumos pasa a ser su gestión y no lo que tiene que gastar para producir, logrando ingresos netos que pueden cambiar su situación económica favorablemente.

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