Una fruticultura aislada del suelo.

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El manejo en frutales es el epítome de la agricultura moderna. En este rubro, más que en otros, es donde el concepto de centrarse y satisfacer  los requerimientos de la planta más se ha desarrollado. Preocuparse de la planta como un individuo aislado y utilizar una gama de tecnologías para lograr altas producciones de unas características aceptadas por el mercado.

Se toma un árbol compuesto de dos partes, patrón e injerto, se planta a distancias determinadas,  se lo fuerza a crecer de una manera, se lo poda, se fertiliza, se aplican agroquímicos para protegerlo, se polinizan las flores, se ralea su frutos, se los protege de las heladas, de las lluvias, del exceso de sol, de otras plantas, de insectos y hongos, se los riega justo debajo de la copa, se analizan los nutrientes del suelo, el contenido de elementos en su sabia, su tasa de respiración, se monitorea individual y constantemente para estar atento y corregir oportunamente cualquier problema que se puede presentar.

Es la esencia del foco en la planta y en el valor de su producción, y se las instala en cualquier lado independiente del tipo de suelo y las condiciones climáticas en que deberán crecer; si el suelo no es el adecuado se fertiliza, se enmienda o se hacen grandes movimientos de tierra; si el clima da problemas, se riega, se cubren, se mueve el aire, se calienta, se para el viento. Se extiende el concepto de adecuar la planta a un tipo de producción tratando de adecuar el medio ambiente a los requerimientos de la planta. Una estrategia que eleva los costos  y aumenta significativamente el riesgo de la inversión.

Los huertos frutales se establecen urbanísticamente; un solar donde crecen los árboles y una calle por donde pasa la maquinaria que los atiende. Una sección del suelo donde se anclan los árboles, se les aporta el agua y los nutrientes,  que rara vez sobrepasa el 25% de la superficie del terreno; y otra sección que como mínimo es un 75% de la superficie por donde circula la maquinaria con que le prestan el servicio a la parte aérea de los árboles, pero que poco aporta a la parte subterránea de ellos.

El suelo en este criterio productivo cumple una mera función física; es el sostén del árbol y el cubo de tierra donde aplicar agua y fertilizantes, cuya superficie debe estar libre de otra vegetación para no desviar estos insumos a otros tipos de plantas. Es un cuadro donde lo único que crece en el huerto son los árboles que se plantaron.

En una segunda derivada, cuando se presentan los problemas de crecimiento y producción, el criterio se amplía a la química. Se determina qué elementos nutrientes están faltando y se deben agregar a la fertilización original, o qué agroquímicos se deben empezar a utilizar para combatir un organismo que se transformó en plaga.

La biología del suelo no ha sido considerada en este criterio productivo, es un concepto que ha estado ajeno a este tipo de manejo. No es como el resto de la vida sobre el suelo que se combate para dejar vivir sólo la planta que se quiere proteger, en este caso, sencillamente se ha ignorado, y no se relaciona lo importante que es para la planta tener el auxilio de la biología del suelo para su crecimiento.

Están ausentes los microrganismos que podría ayudar a crear y mantener un suelo suelto, con agregados y poros, profundo, para que las raíces avancen y tengan más agua y nutrientes a su disposición; un suelo donde los elementos nutrientes   se estén liberando continuamente a la solución del suelo y estén disponible permanentemente para los árboles; un suelo con compuestos orgánicos elaborados por bacterias y hongos que son parte de la alimentación y defensa de los árboles, de su sistema inmunológico contra enfermedades y plagas; un suelo con organismos benéficos que han evolucionado con las plantas que las sirven y protegen en un mutualismo que lleva milenios de evolución y práctica.

Muchos problemas de la fruticultura moderna se pueden resolver volviendo a considerar el rol de los organismos del suelo, incluyendo en el criterio de manejo el concepto que la productividad de cualquier suelo, comienza con la sanidad de la bilogía que habita en él.